MARTIN EDEN
Autor: Jack London
Traducción: Marta Salís
Idioma original: Inglés
Editorial: Alba Editorial
Año publicación/edición: 1909/2025
Páginas: 512
La ambición remontó el vuelo con frenéticas alas, y se vio escalando a las alturas con la joven, compartiendo sus pensamientos, disfrutando juntos de las cosas nobles y hermosas. Soñaba con una conquista incorpórea, libre de cualquier impureza, con una camaradería espiritual que era incapaz de definir en su imaginación. No es lo que pensara. En aquel asunto, tenía la mente en blanco. Las sensaciones usurpaban el lugar de la razón, y se estremecía y temblaba embargado por unas emociones que desconocía, navegando deliciosamente a la deriva por un mar de sensibilidad donde el sentimiento se exaltaba y espiritualizaba, empujando más allá de las cúspides de la vida.
Recordó que siempre había tenido una vida secreta en su interior. Había tratado de compartir sus reflexiones, pero nunca había conocido a una mujer... ni a un hombre capaz de entenderlas. Lo había intentado en varias ocasiones, pero solo había logrado desconcertar a quienes le escuchaban. Y, puesto que sus pensamientos llegaban más lejos que los de los demás, él llegaría más lejos que ellos. Sintió una fuerza desbordante en su interior, y apretó los puños. Si la vida era más valiosa para él, tendría que exigirle más, pero ¿cómo iba a hacerlo con semejante compañía?
Pero él conocía la vida, su fealdad y su hermosura, su grandeza a pesar del lodo que la infestaba, y vive Dios que hablaría de esas cosas. Los santos del Cielo solo podían ser puros y justos. No necesitaban que nadie los colmara de elogios. Pero los santos hundidos en el fango... ¡ah, eso sí que era un milagro! Eso hacía que vivir mereciera la pena. Ver cómo la grandeza moral salía de los pozos negros de la iniquidad; elevarse y vislumbrar la belleza, débil y lejana, con unos ojos anegados en barro; contemplar cómo de la flaqueza, la fragilidad, el vicio y la violencia extrema surgían la fuerza, la verdad y los valores espirituales más nobles...
Lo que se cuece en este libro, a fuego lento, es la búsqueda del protagonista por transformarse, mediante una autodisciplina estricta, en alguien superior: educado, leído, formado, pensante y escritor; alguien capaz de pertenecer a ese rango elevado lleno de inteligencia y cultura que tanto le ha fascinado. A través de un narrador en tercera persona vamos conociendo las peripecias del joven Martin, y como es un narrador muy apegado al interior y a los pensamientos de los personajes —especialmente a los de Martin— no solo vemos su evolución externa, sino también la ideológica y la psicológica. Jack London parece conseguir sin esfuerzo atrapar al lector. Empecé la novela y conecté de inmediato con lo que me estaba contando. Mantiene un buen ritmo a lo largo de sus páginas: me ha tenido expectante ante el destino de Eden y no he sentido estancamiento en ningún momento, incluso con sus quinientas y pico páginas. Destaco, especialmente, que en la parte final no solo tenía ganada mi atención, sino también mi emoción. El cierre me impactó mucho: está escrito con una claridad descriptiva tan potente y tan coherente con el protagonista que sentí que estaba junto a él en ese instante, acompañándolo.
Las eminentes figuras que allí le presentaban, y a las que poco antes había admirado, ahora le aburrían. Ya no le parecían eminentes [...] Eran torpes, necios, superficiales, dogmáticos e ignorantes. Y era su ignorancia lo que más le asombraba. ¿Qué les ocurría? ¿Qué habían hecho con su educación? Habían tenido acceso a los mismos libros que él. ¿Cómo era posible que no hubieran extraído nada de ellos?
Antes creía neciamente que toda persona bien vestida por encima de la clase trabajadora poseía el poder del intelecto y el vigor de la belleza. Para él, la cultura iba unida a los cuellos almidonados, y se había engañado al creer que estudios universitarios y sabiduría eran sinónimos.
Tuvo la impresión de ser muy viejo... siglos más viejo que sus alegres y despreocupados compañeros de antaño. Había viajado lejos, demasiado lejos para poder regresar. Su forma de vida, que anteriormente había sido la suya, ahora le desagradaba. Todo le decepcionaba. Se había convertido en un extraño. De igual modo que le había disgustado el sabor de la cerveza, le disgustaba aquella compañía. Estaba demasiado lejos. Los separaba miles de libros. Él se había exiliado. Había viajado por el vasto reino del conocimiento y ahora era imposible el regreso.
Mi único pero con este libro ha sido que no he conectado del todo con el narrador. A veces notaba que explicaba demasiado, como si London quisiera dejar claro qué debo pensar o en qué debo fijarme mientras leo, y eso me chirría. No necesito que me convenza de nada ni que me imponga ideas: prefiero que me deje espacio, que me permita pensar por mí misma y llegar a mis propias conclusiones. En algunos pasajes se percibe la influencia de las ideas biológicas y evolucionistas propias de su época, algo que London integra en su literatura y que se nota en cómo interpreta ciertos comportamientos humanos. No critico eso en sí mismo, pero cuando esa mirada se aplica, por ejemplo, a su visión de la mujer, puede resultar algo condescendiente y limitada desde una mirada actual (o al menos así lo he sentido yo). Ahora bien, tampoco quiero sacar las cosas de quicio: como siempre, hay que atender a la época y al contexto en que fue escrito. Esto que menciono no me ha impedido disfrutar de la lectura ni mucho menos; solo es un apunte que te comparto a ti, que me lees para saber qué me ha parecido esta obra, porque en algunas partes sí me ha afectado.
Una vez leído, ya puedo decir que no comparto la opinión de Katherine. No obstante, entiendo por qué, quizá, no le gustaría ni un ápice a alguien como ella —tanto por el estilo del autor como por la clase social a la que ella pertenecía, que no es que salga bien parada en esta novela—. Pero bueno, son solo especulaciones mías. Simplemente me ha gustado comprobar por mí misma si estaba o no conforme con su veredicto sobre la obra.




Tu reseña me ha dado mucho que pensar, sobre todo en ese «pero» que señalas. Me da la impresión de que, cuando un autor explica demasiado, no solo le quita aire al texto: le quita respeto al lector. Me cuesta conectar con narradores que parecen temer que no vayamos a llegar solos a la conclusión correcta. Valoro que hayas puesto el dedo en esa llaga con tanta claridad; de hecho, es justo el tipo de cosa que me hace dudar antes de abrir ciertos clásicos. Gracias por la honestidad.
ResponderEliminarHola, Álvaro.
EliminarSí, estoy de acuerdo en lo que dices. No obstante, dale la oportunidad, no lo eches a un lado por el apunte que hago del narrador. Este tipo de cosas tienen un gran cariz subjetivo, lo que yo puedo notar en un narrador, puede que tú no lo notes o no lo sientas de la misma forma. Y, como digo, tampoco es algo que me haya estado entorpeciendo la lectura, ¡ni muchísimo menos! Solo que, a veces, me chirriaba. Pero, eso, ¡esta novela merece su hueco! Diría que también vas a sacarle mucho partido a la lectura. ;)
Un abrazo.
Hola, no he leído nada del autor aunque he visto varias películas que adaptaban sus novelas. Esta me llama la atención incluso teniendo en cuenta el " pero" que le pones. Miraré en la biblioteca. Un abrazo.
ResponderEliminarHola, mar. Haces bien, creo que también podría gustarte mucho. ;) Dale la oportunidad, si puedes. Un abrazo.
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