MARTIN EDEN

Título:
 Martin Eden
Autor: Jack London
Traducción: Marta Salís
Idioma original: Inglés
Editorial: Alba Editorial
Año publicación/edición: 1909/2025
Páginas: 512


Sinopsis oficial:
Un marinero de veinte años, fuerte, guapo y curtido, con un historial de delincuencia y trabajo rudo, es invitado casi por accidente a cenar en un hogar pequeño burgués. Él, que sólo ha visto un óleo en los escaparates de las tiendas, que no tiene ni idea de lo que es un lavafrutas, queda fascinado ante lo que sus ojos le presentan como cultura y civilización. «Soy como un navegante a la deriva −le confiesa a la hija de la casa−, sin cartas ni compás en un mar desconocido. Pero me gustaría encontrar el rumbo. Tal vez usted pueda ayudarme. ¿Dónde ha aprendido tanto?» A partir de este momento el joven siente que tiene «un mundo por conquistar», y la muchacha que lo acoge piensa que debe salvarlo «de la maldición del ambiente en que había nacido» e incluso «de sí mismo a pesar de sí mismo». 
En Martin Eden (1909), la más autobiográfica de las obras de Jack London, el modelo de novela de formación se materializa en una narración verídica tan completa y vital que deja atrás la retórica de la verosimilitud. El proceso de su héroe, de «verdadero salvaje» a filósofo del individualismo nietzscheano, de tosco trabajador manual a respetado escritor de éxito, es descrito con una intensidad a veces alucinatoria, pero siempre anclada en la realidad de la experiencia, hasta su conclusión fatalmente irónica. Incomprendida en su momento, Martin Eden ha sido luego lectura inolvidable para generaciones de escritores en ciernes. La nueva traducción que aquí ofrecemos, obra de Marta Salís, es la única íntegra en español y sorprenderá a quien haya leído versiones anteriores.

Opinión: 

La ambición remontó el vuelo con frenéticas alas, y se vio escalando a las alturas con la joven, compartiendo sus pensamientos, disfrutando juntos de las cosas nobles y hermosas. Soñaba con una conquista incorpórea, libre de cualquier impureza, con una camaradería espiritual que era incapaz de definir en su imaginación. No es lo que pensara. En aquel asunto, tenía la mente en blanco. Las sensaciones usurpaban el lugar de la razón, y se estremecía y temblaba embargado por unas emociones que desconocía, navegando deliciosamente a la deriva por un mar de sensibilidad donde el sentimiento se exaltaba y espiritualizaba, empujando más allá de las cúspides de la vida.

Un joven marinero, Martin Eden, de origen humilde y rudo, intenta dejar atrás su antiguo yo a través de la educación para poder entrar en el mundo burgués de la familia a la que pertenece Ruth Morse, la mujer que le ha hecho valorar la vida y a sí mismo como nunca antes. Pero ¿cómo entra alguien como Eden en contacto con una familia así? Todo ocurre después de salvar, en una trifulca, a uno de los hijos de los Morse, gesto por el que es invitado a su casa para agradecerle su intervención.
Al cruzar ese umbral, cae sobre el joven Martin un universo hasta entonces desconocido. Descubre un mundo cuidado, lleno de belleza, cultura y riqueza; un espacio de libros y cuadros, de buena comida, de gente bien vestida, con saber estar y educación. Ruth es la hermana del muchacho al que ayudó y es distinta a cualquier mujer que Martin haya conocido, queda eclipsado por su belleza y refinamiento. Y es ahí, en ese primer encuentro con el mundo burgués de los Morse, donde Martin Eden comprende que desea ese mundo para sí mismo: quiere ser digno de Ruth, ¡quiere ser uno de ellos!

Recordó que siempre había tenido una vida secreta en su interior. Había tratado de compartir sus reflexiones, pero nunca había conocido a una mujer... ni a un hombre capaz de entenderlas. Lo había intentado en varias ocasiones, pero solo había logrado desconcertar a quienes le escuchaban. Y, puesto que sus pensamientos llegaban más lejos que los de los demás, él llegaría más lejos que ellos. Sintió una fuerza desbordante en su interior, y apretó los puños. Si la vida era más valiosa para él, tendría que exigirle más, pero ¿cómo iba a hacerlo con semejante compañía?

Pero él conocía la vida, su fealdad y su hermosura, su grandeza a pesar del lodo que la infestaba, y vive Dios que hablaría de esas cosas. Los santos del Cielo solo podían ser puros y justos. No necesitaban que nadie los colmara de elogios. Pero los santos hundidos en el fango... ¡ah, eso sí que era un milagro! Eso hacía que vivir mereciera la pena. Ver cómo la grandeza moral salía de los pozos negros de la iniquidad; elevarse y vislumbrar la belleza, débil y lejana, con unos ojos anegados en barro; contemplar cómo de la flaqueza, la fragilidad, el vicio y la violencia extrema surgían la fuerza, la verdad y los valores espirituales más nobles...

Lo que se cuece en este libro, a fuego lento, es la búsqueda del protagonista por transformarse, mediante una autodisciplina estricta, en alguien superior: educado, leído, formado, pensante y escritor; alguien capaz de pertenecer a ese rango elevado lleno de inteligencia y cultura que tanto le ha fascinado. A través de un narrador en tercera persona vamos conociendo las peripecias del joven Martin, y como es un narrador muy apegado al interior y a los pensamientos de los personajes —especialmente a los de Martin— no solo vemos su evolución externa, sino también la ideológica y la psicológica. Jack London parece conseguir sin esfuerzo atrapar al lector. Empecé la novela y conecté de inmediato con lo que me estaba contando. Mantiene un buen ritmo a lo largo de sus páginas: me ha tenido expectante ante el destino de Eden y no he sentido estancamiento en ningún momento, incluso con sus quinientas y pico páginas. Destaco, especialmente, que en la parte final no solo tenía ganada mi atención, sino también mi emoción. El cierre me impactó mucho: está escrito con una claridad descriptiva tan potente y tan coherente con el protagonista que sentí que estaba junto a él en ese instante, acompañándolo.

Las eminentes figuras que allí le presentaban, y a las que poco antes había admirado, ahora le aburrían. Ya no le parecían eminentes [...] Eran torpes, necios, superficiales, dogmáticos e ignorantes. Y era su ignorancia lo que más le asombraba. ¿Qué les ocurría? ¿Qué habían hecho con su educación? Habían tenido acceso a los mismos libros que él. ¿Cómo era posible que no hubieran extraído nada de ellos?

Antes creía neciamente que toda persona bien vestida por encima de la clase trabajadora poseía el poder del intelecto y el vigor de la belleza. Para él, la cultura iba unida a los cuellos almidonados, y se había engañado al creer que estudios universitarios y sabiduría eran sinónimos.

Una historia que deja en entredicho la vida aparente y los valores de la clase burguesa de la época. Eden se deja seducir por esa fachada: asocia las apariencias de la alta clase —el saber estar, el vestir bien, el comer bien y tener los bolsillos llenos— con intelecto y sabiduría. La realidad le pilla desprevenido. La novela expone los intereses y las conveniencias descaradas, descarnadas y crueles que se mueven en la sociedad. Los movimientos políticos y las corrientes ideológicas que atraviesan su tiempo —el individualismo frente al socialismo, el capitalismo, los movimientos obreros...— están presentes. También lo están la literatura y el mundo editorial, con sus sombras, y el sinsentido del éxito, no sustentado en la valía sino en razones inesperadas e incontrolables. Todas estas realidades, no solo propias de su momento sino también de actualidad palpable, Jack London las representa en esta novela —considerada su obra más autobiográfica—. Y no solo retrata estas verdades crueles del mundo social que nos rodea: las hace sentir, las clava, se las atraviesa al protagonista, de modo que también te atraviesan a ti como lector. Y menudo cierre tiene esta obra. Según quien lo lea, podrá parecerle mejor o peor, cuestión de gustos; pero, para mí, una vez leído y sentido ese final, no puedo ver otro posible.

Tuvo la impresión de ser muy viejo... siglos más viejo que sus alegres y despreocupados compañeros de antaño. Había viajado lejos, demasiado lejos para poder regresar. Su forma de vida, que anteriormente había sido la suya, ahora le desagradaba. Todo le decepcionaba. Se había convertido en un extraño. De igual modo que le había disgustado el sabor de la cerveza, le disgustaba aquella compañía. Estaba demasiado lejos. Los separaba miles de libros. Él se había exiliado. Había viajado por el vasto reino del conocimiento y ahora era imposible el regreso. 

Mi único pero con este libro ha sido que no he conectado del todo con el narrador. A veces notaba que explicaba demasiado, como si London quisiera dejar claro qué debo pensar o en qué debo fijarme mientras leo, y eso me chirría. No necesito que me convenza de nada ni que me imponga ideas: prefiero que me deje espacio, que me permita pensar por mí misma y llegar a mis propias conclusiones. En algunos pasajes se percibe la influencia de las ideas biológicas y evolucionistas propias de su época, algo que London integra en su literatura y que se nota en cómo interpreta ciertos comportamientos humanos. No critico eso en sí mismo, pero cuando esa mirada se aplica, por ejemplo, a su visión de la mujer, puede resultar algo condescendiente y limitada desde una mirada actual (o al menos así lo he sentido yo). Ahora bien, tampoco quiero sacar las cosas de quicio: como siempre, hay que atender a la época y al contexto en que fue escrito. Esto que menciono no me ha impedido disfrutar de la lectura ni mucho menos; solo es un apunte que te comparto a ti, que me lees para saber qué me ha parecido esta obra, porque en algunas partes sí me ha afectado.

En definitiva, ha sido una lectura muy satisfactoria. Me ha hecho reflexionar, despotricar de esta sociedad en la que, aunque pasen los años, ciertas dinámicas no cambian… y, sobre todo, me deja un recordatorio claro: la buena presencia, la apariencia de educación o pertenecer a rangos sociales altos no tiene nada que ver con ser buena persona ni inteligente. La suerte y la habilidad para moverse por el “mundo social”, con todas sus sombras, pesan más que la valía. Y cuando alguien triunfa, suele deberse a motivos ajenos a su desempeño —o no solo a él—. Es imposible cerrar esta novela con un mensaje optimista, pero sí con uno realista como ese.


*No había leído antes a Jack London. Tenía esta obra en pendientes desde hace tiempo, pero no fue hasta que la vi mencionada en una de las cartas de Katherine Mansfield —cuya Correspondencia he leído hace poco— que me picó la curiosidad y decidí darle prioridad entre mis próximas lecturas. Mansfield no habla de este título precisamente con entusiasmo, dice: «Después de cenar encontré en la biblioteca del hotel una copia de Martin Eden (según Orage un buen ejemplo de un libro famoso que es bueno) [...] Pero no lo soporté. No, ese poquitín de Shakespeare ha hecho que mi paladar se vuelva demasiado fino para un plato tan nauseabundo como Jack London». Eso llamó mi atención y quise comprobar si yo pensaría algo parecido o, por el contrario, algo muy distinto a lo que ella expresaba.

Una vez leído, ya puedo decir que no comparto la opinión de Katherine. No obstante, entiendo por qué, quizá, no le gustaría ni un ápice a alguien como ella —tanto por el estilo del autor como por la clase social a la que ella pertenecía, que no es que salga bien parada en esta novela—. Pero bueno, son solo especulaciones mías. Simplemente me ha gustado comprobar por mí misma si estaba o no conforme con su veredicto sobre la obra.

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