CARTAS DE KATHERINE MANSFIELD

Título:
 Cartas de Katherine Mansfield
Idioma original: Inglés
Traducción: Jimena J. Real
Editorial: Tres hermanas
Año cartas/edición: 1900-1923/2024
Páginas: 411



Presentación oficial:
La escritora modernista Katherine Mansfield (Wellington, Nueva Zelanda, 1888- Fontainebleau, Francia, 1923) despliega en esta selecta recopilación de cartas su vínculo con la literatura, la vida, la enfermedad, su familia y sus amigos, talentosos como ella. A lo largo de su vida, Mansfield mantuvo correspondencia no solo con su familia, sino también con numerosos amigos entre los que se encontraban miembros del grupo de Bloomsbury. El valor biográfico y literario de estas cartas reside en que arrojan luz sobre la vida privada de una escritora que, con apenas diecinueve años, decidió abandonar su país natal y sobre el florecimiento de su talento literario.

Del exilio y la migración, pasando por los entresijos de sus relaciones con los demás y consigo misma, estas cartas son testimonio de la vida íntima de Katherine Mansfield. Se nos presentan como documentos invaluables que, leídos junto con sus obras de ficción, su poesía y su diario, ofrecen un panorama completo de la vida y la imaginación de una de las mejores cuentistas en lengua inglesa de todos los tiempos.

Opinión: 
Katherine Mansfield es una escritora que llama poderosamente mi atención. Tenía nociones básicas sobre su vida y su trágica muerte a edad temprana, pero lo que más me atraía de ella era que, a pesar de su escaso tiempo de vida, consiguió dejar una estela muy potente en el mundo literario, especialmente en el terreno del cuento del siglo XX. No pocas veces he pensado: «¿Por qué no he leído ya algo de Katherine Mansfield?».

Al ver este tomo de la editorial Tres Hermanas, «Cartas de Katherine Mansfield», con una interesante selección de su correspondencia, decidí que quizás era buena idea acercarme a la autora a través de sus escritos personales: adentrarme un poco en aspectos de su personalidad que pueden destilarse de este tipo de textos para, después, descubrir su obra con una mirada algo más rica. Me preguntaba: «¿Conectaré con ella a través de estas cartas?». No es la primera vez que leo escritos personales de autores y autoras; con algunos me ha servido para sentirme más próxima a ellos, con otros para mirarlos con ojos menos entusiastas. En esta ocasión, como aún no había leído la obra de Mansfield, no tenía una imagen formada de ella ni como escritora ni como persona, así que la curiosidad hizo que empezara la lectura con ganas.

A la hora de seleccionar estas cartas, he tenido en cuenta la calidad literaria de las mismas, así como la intensidad con la que iluminan la trayectoria vital, las ideas y las emociones de Katherine Mansfield. Más que dar una idea general de todas las personas con las que Mansfield intercambió cartas a lo largo de su vida, mi propósito ha sido el de aportar al lector una noción de la profundidad y la evolución de las relaciones que fueron más significativas para K.M.
Nota de la traductora

Qué sorpresa —o quizás no tanta— cuando descubro que empieza a fascinarme, que leo cada carta con más y más interés. Su escritura desprende belleza. Sus descripciones del paisaje, de la naturaleza, de lo que la rodea en sus diferentes estancias, así como sus ideas y sus pensamientos sobre multitud de asuntos me atrapan; y he aquí que comienza mi obsesión por una autora de la que todavía no he leído ni un misero cuento. Con estas cartas, seleccionadas para apreciar el potencial de Mansfield, garantizo que ese potencial no pasa desapercibido, nos movemos con ella desde 1900 a 1923. Ya puedo decir que ha sido toda una experiencia conocerla así. He conectado muchísimo con su persona (sin necesidad de estar de acuerdo o verlo todo como ella; simplemente he conectado con ella, ahora la siento cercana). Cómo he disfrutado de esos pasajes realmente bellos en los que describe lo que ve, lo que imagina, o incluso sus propios sentimientos (tanto de amor como de odio) con una intensidad y un detalle que me han gustado mucho. 

¿No te gustaría probar todo tipo de vidas? — una es tan minúscula — pero ahí radica la satisfacción de escribir — una puede hacerse pasar por tanta gente —

Los lugares en los que vivió fueron varios, y en estas cartas vemos cómo su remitente va cambiando: nació en Nueva Zelanda, donde pasó parte de su infancia, pero también vivió en Inglaterra y Francia, además de pasar estancias en distintos puntos de Europa, a menudo en busca de la recuperación o mejora de sus males. Los destinatarios de estas cartas también son variados: sus padres, Annie Burnell y Harold Beauchamp, y sus hermanas; su pareja, y desde 1918 su marido, John Middleton Murry, del que estaba muy enamorada y cuya relación, con sus vaivenes, puede seguirse en la correspondencia; su íntima amiga, Ida Baker, a la que suele llamar L.M., con quien mantuvo una relación intensa y fluctuante, casi de amor/odio; otras escritoras como Elizabeth von Arnim —prima de Katherine— o la gran Virginia Woolf, presente en el círculo de intelectuales en el que se movía Mansfield y con la que entabló una relación de amistad marcada tanto por la adoración y el amor por la literatura como por el conflicto y la tensión que quizá alimentaban la envidia y la competitividad (es muy interesante ver en estas cartas lo que Katherine opinaba de Virginia y de otros autores y obras). También aparecen otros amigos y amigas artistas —pintoras, escritores, traductores— como Dorothy Brett, Anne Rice Steele, o S.S. Koteliansky, entre otros, con quienes comparte momentos, pensamientos e ideas igualmente interesantes por diferentes motivos. 

Una vida propia — una vida interior propia y secreta — qué cosa más extraña y positiva. Nadie sabe dónde estás — nadie tiene la más remota idea de quién eres siquiera. 

En estas cartas hay mucha vida privada de Katherine. Se dejan ver la soledad que arrastraba y sus anhelos y deseos —casi siempre incumplidos—. Su vida estuvo muy marcada por la enfermedad, que la persiguió desde muy joven; en sus cartas aparece constantemente su precaria salud y el sufrimiento que conllevaba. A los veinticinco años fue diagnosticada de tuberculosis y paso por numerosos periodos en sanatorios y con tratamientos para intentar recuperarse, hasta morir con treinta y cuatro años por una hemorragia pulmonar. Todo lo que puede desprenderse de una persona que convive con una dolencia crónica se vislumbra en estas cartas: su sufrimiento, el aislamiento, la quemazón de tener que lidiar con una enfermedad que la arrastra a lo más hondo cuando, en su interior, lo único que desea es disfrutar de la vida al máximo —lo que a veces deriva en cierto resentimiento hacia quienes, con buena salud, no parecen aprovechar la belleza del mundo—; también es inevitable que aflore, en ocasiones, la envidia por no poder tener ella esa vitalidad que otros poseen. Resultan especialmente llamativos ese sentirse un estorbo para los demás o ese pedir perdón cuando cree que se extiende al hablar de sus dolencias. He sentido compasión por ella, sobre todo por ese ansia de vida tan evidente en su ser y que la enfermedad somete una y otra vez. Un ansia que, paradójicamente, se transforma en un optimismo sorprendente: siempre presentes sus ganas de mejorar, de recuperarse, de pensar en un futuro con más luz que sombras, pese a las caídas constantes. Cuando llegas a la última carta, que no llegó a ser enviada, y a la nota de la traductora donde cuenta cómo falleció Katherine el 9 de enero de 1923, se te queda un nudito en la garganta; aun sabiendo de antemano su destino, no deja de impresionar.

adoro la Vida — qué importan los tontos y sus estupideces — Claro que importan, pero de alguna forma — creo que no pueden tocar la materia de la Vida. La Vida es maravillosa — Quiero arraigarme profundamente en ella — vivir — expandirme — respirar en ella — regocijarme — compartirla. Dar amor y que me lo pidan. Sé que tú entiendes todo esto, pues vives de forma apasionada — pero poca gente lo hace. 

Sus ideas sobre el amor, la maternidad, la amistad, la sociedad, la vida y la muerte, sobre la libertad, quedan bien expuestas en muchos fragmentos de estas cartas. Y, sin lugar a dudas, también son protagonistas la literatura y el ser escritora —«Yo soy primero una escritora y después una mujer»—. En todo momento se observa esa vocación literaria que la atraviesa, algo que vive en ella, y la pasión con la que se alimenta tanto de la escritura como del amor y de la belleza que la rodea (como dije antes, a pesar de su frágil salud y sus padecimientos, suele mostrar un deseo intenso de vivir; llega a comentar que la eternidad se le quedaría corta). La guerra, que la vivió de primera mano y que supuso la pérdida de su hermano, también pasa por estas páginas. Además, me ha parecido interesante ver como fluctúan sus opiniones, sus emociones y la forma de ver el mundo —nada extraordinario si lo pensamos: la vida pasa, cambiamos y nuestra percepción también; pero cada cual experimenta esos cambios a su manera, y a ella le tocó hacerlo desde una perspectiva muy particular, marcada por una profunda soledad y por una enfermedad crónica que también moldeó su visión del mundo—. 

Estas cartas dan cuenta no solo de los acontecimientos más importantes en la vida de la escritora, sino también de lo coherente y lo incoherente en sus ideas y en sus emociones, de sus buenos y de sus malos sentimientos, y de un finísimo e inesperado sentido del humor. 
Nota de la traductora

Realmente he disfrutado de esta selección de cartas, que me han permitido acercarme a la autora de una manera tan sencilla como fascinante. Leer estos textos íntimos de los autores hace que te sientas más conectado con su persona, y es un gustazo cuando ocurre el flechazo. Me ha pasado con otras figuras al leer sus cartas o diarios (Austen, Charlotte Brontë, Mary Shelley, Pavese, etc), y además favorece luego una comprensión más profunda de su obra literaria. Ahora, tan fascinada como he quedado con estas cartas, he decidido leer su Diario, con el que estoy en estos momentos, y creo que me dará aún más conocimiento de su persona. Después me pondré con sus cuentos y prosas breves, y sé que voy a reconocer en ellos mucho de lo que aparece en estas cartas y en el Diario. Me queda Katherine Mansfield para rato...

Dejo algunos fragmentos de estas cartas —me ha costado seleccionar de tanto que tengo subrayado— para que te puedas hacer una idea de la voz de la autora en ellas:

¿Cuándo vas a organizar otra competición de cuentos? Me encantaría participar en una. [...] ¿Podría escribir otro cuento para la «Página infantil»? Me dio mucho gusto ver la mía impresa. (carta de K.M. escrita con 12 años)

Hay mucha gente que me gusta mucho, pero en general solo ven mis habitaciones públicas, y me llaman falsa y loca y voluble. No les mostraría lo que realmente soy por nada del mundo. Pensarían que estoy aún más loca, supongo — [...] No creas que digo en serio ni la mitad de lo que le digo a otra gente. No sé por qué soy yo misma solo rara vez. (carta de K.M. escrita con 15 años)

Yo soy primero una escritora y después una mujer.

[...] he estado «centrada» y trabajando. Esa es la única vida que me interesa — escribir, salir de vez en cuando y «perderme» mirando y escuchando y luego regresar y escribir otra vez. En cualquier caso, es la vida que he elegido —

Creo que su Belleza radica en la certeza de que no es una Emily (Emily Brontë) disfrazada — quien escribe — sino la propia Emily. Uno de los principales motivos por los que la poesía moderna no me satisface es que nunca estoy segura de que realmente los poemas pertenezcan a quien los escribe. Es agotador — no te parece — no salir nunca del Baile de Disfraces — nunca — nunca —

Hoy mi mortal enemigo ha hecho de mí su presa y me siento cegada por el odio. El odio es la otra pasión. Produce todos los efectos contrarios que el Amor. Te llena de muerte y corrupción. Te hace sentir horrenda, degradada y vieja — te da ganas de destruir. Es pura oscuridad en la misma medida que el otro es pura luz. Yo odio así — multiplicado por un millón. Es como ser víctima de un maleficio. 

En la medida que pueda quiero hacer de la Vida algo maravilloso. 

En la vida mundana, es muy fácil olvidarse de prestar atención a estos milagros. Pero no importa. Cuando uno regresa a ellos están ahí esperando. El amanecer es otro. Qué incomparablemente bella es la mañana muy temprano, antes de que las personas se despierten. Pero todo se resume en lo mismo, Elizabeth. No hay forma de eludir la gloria de la Vida. ¡Vivamos eternamente! La eternidad no me basta ni de lejos... 

El mundo es rico. Muchas aventuras son posibles. ¿Por qué no juntar fuerzas y vivir? Todo se resume en lo mismo. Cuando somos jóvenes la mayoría somos, por distintos motivos, esclavos. Y luego, cuando podríamos liberarnos de nuestras cadenas, preferimos quedarnos con ellas. La libertad es peligrosa, asusta. 

¡Si tan solo lograra ser una escritora lo bastante buena para dar un golpe por la libertad! Es la única hacha que quiero afilar. Sé libre y podrás permitirte entregarte a la vida. Creer en la vida, incluso. 

Estoy levantada y sentada frente a tres ventanas que dan literalmente al mar, al cielo y a un número infinito de barquitos — El mar es un auténtico mar — se eleva, cae, arma estruendo — tiene un vaivén prolongado y sedoso como si ronroneara — a veces parece subirse hasta la mitad del cielo — y ves a los veleros encaramados a las nubes como querubines voladores — y a veces es verde como una ciruela claudia — y hoy parece que su fondo estuviera cubierto de violetas — Si no fuera por los barcos que son una fuente de distracción para el ojo ebrio me quedaría encandilada y jamás apartaría la vista de esta «enorme vastedad» 

A veces, cuando me despierto por la mañana muy temprano, oigo cómo pasan los carros del mercado en la distancia, por la carretera de abajo. Y con ese sonido vivo lo que es levantarse antes del alba, la luz azul en la ventana — la mirada fría y solemne de la gente — la mujer que abre la puerta y va a buscas ramas, el olor del humo — el penacho de humo que se eleva de su chimenea. Oigo al hombre que le da una palmada al pequeño caballo y lo conduce al patio repiqueteando. Y las aves del corral aún duermen — grandes bolas de plumas. [...] Pero esto es solo la superficie — Ocurren cientos de cosas de las que podría describir hasta el más mínimo detalle. 

El mundo tal y como lo conozco no me depara ninguna alegría y no soy de ninguna utilidad en él. La gente casi no existe. El mundo es para mí un sueño y quienes viven en él son seres durmientes. He tenido momentos de estar despierta, pero eso es todo. Quiero encontrar un mundo en el que esos momentos se unan. ¿Lo lograré? No sé. Tampoco me importa mucho. Lo que importa es intentar a aprender a vivir — vivir de verdad — y en relación con todo — no aislada (para mí el aislamiento es la muerte). 

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