FORTUNATA Y JACINTA
Título: Fortunata y Jacinta
Autor: Benito Pérez Galdós
Idioma original: Español
Editorial: Alba Editorial
Año publicación/edición: 1887/2026
Páginas: 1100
Autor: Benito Pérez Galdós
Idioma original: Español
Editorial: Alba Editorial
Año publicación/edición: 1887/2026
Páginas: 1100
Sinopsis oficial:
Juanito Santa Cruz, hijo único de una familia de ricos comerciantes de paños, es un joven apuesto, mimadísimo, ocioso, con más amor propio que conciencia. Acepta casarse, como ha dispuesto su madre, con su prima Jacinta, «una chica de excelentes prendas, modestita, delicada», dejando atrás –al menos de momento– «la manía de lo popular» que lo había llevado a tener una aventura con Fortunata, una muchacha fogosa pero pobre, condenada a ser «víctima del hombre». Fortunata lo dice muy claro: «Pueblo nací y pueblo soy; quiero decir, ordinariota y salvaje»; pero al mismo tiempo hay en ella un fuerte impulso de ser «honrada» y «un ángel», como Jacinta. De la antítesis –y finalmente la síntesis– entre estas dos heroínas nace una de las cumbres de la literatura española del siglo XIX, Fortunata y Jacinta (1886-1887), de Benito Pérez Galdós, que aquí presentamos en una nueva edición a cargo de Ignacio Echevarría. La gran novela de Madrid, como se la ha llamado, recorre minuciosamente sus capas sociales en una extensa y memorable galería de personajes secundarios a los que se dedica casi tanta atención como a los protagonistas. El narrador dice conocerlos personalmente a todos ellos y, con su asombroso dominio del lenguaje coloquial, trata al lector de tú a tú. Su realismo, sin embargo, va más allá de las fórmulas y da cabida a ambigüedades morales, al poder de los sueños y de lo irracional, y a misteriosas vinculaciones entre la santidad y el pecado, la razón y la sinrazón. Tal vez al final valores innegables como la virtud y la cordura sean demasiadas veces sinónimo de conveniencia social.
Opinión:
Era el hijo de don Baldomero muy bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y tenía tan buena educación que se le perdonaba fácilmente el hablar demasiado.
Hablar de Fortunata y Jacinta, este novelón de Benito Pérez Galdós, es una tarea compleja. No solo porque sus mil y pico de páginas pueden imponer respeto a cualquiera, sino porque en ellas se despliega un mundo entero con todas sus complejidades: el Madrid convulso de los años previos y posteriores a la Restauración borbónica (comienza en 1869 y acaba en 1876). Galdós se sirve de un entramado amoroso —articulado en torno a un trío principal bastante dispar: Juanito Santa Cruz, Fortunata y Jacinta— y lo sitúa en este escenario histórico y social, para mostrarnos el Madrid del momento: los abismos entre los distintos estratos sociales, las costumbres y aspiraciones de sus gentes, las tensiones de clase, las contradicciones morales, los vaivenes políticos —con sus revueltas y la inestabilidad que arrastran— y la vida cotidiana que late en cada rincón de la ciudad. El resultado es un estudio sociológico y de época, además de un profundo retrato psicológico y de las relaciones entre sus personajes, narrado con tal maestría que, pese a su extensión, se disfruta de principio a fin. Qué bien escribe Galdós, y con un humor muy fino, irónico y travieso en multitud de ocasiones—¡me encanta!—.
Juanito acabó por declararse a sí mismo que más sabe el que vive sin querer saber que el que quiere saber sin vivir, o sea aprendiendo en los libros y en las aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar. La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el trabajo.
Nos situamos en el Madrid del último tercio del siglo XIX. Conocemos a los Santa Cruz, una familia acomodada del mundo de la pañolería, y en especial a su único heredero, el privilegiado Juanito Santa Cruz. Juanito, intachable a ojos de sus padres, empieza a desmadrarse con salidas y ganas de experimentar que despiertan en su madre un recelo constante. Ante esta situación, la preocupada mujer decide que ha llegado la hora de buscarle esposa a su hijo. La elegida es Jacinta, una prima de Juanito que encarna a la perfección el ideal de esposa burguesa: de buena presencia, educada, discreta y con buen juicio. No obstante, Juanito, aunque acoge de buena gana el casamiento, ya ha corrido antes con amores, y uno lo marcó especialmente: el que tuvo con la hermosa Fortunata. Fortunata, una joven pobre y huérfana que representa la cara más cruda del pueblo llano —la miseria, la escasez y la lucha diaria por salir adelante—, se cruzó en la vida de Juanito por casualidad y vio en él, un muchacho guapo, educado y pudiente, al hombre decente dispuesto a cumplir cada palabra dada. Sin embargo, ciertas promesas se pronunciaron más para satisfacer deseos que para sostener un compromiso, y Juanito carga con cierto remordimiento por lo sucedido con esta joven —aunque su pesar parece deberse más a la mancha en su excelsa imagen que al daño causado—. Seremos partícipes de los vaivenes del amor y de sus consecuencias: unos pueden hacer y deshacer a su antojo, mientras otros se ven obligados a recoger los pedazos. Las normas sociales dictan el camino y la forma en que se juzgan las vidas, midiendo a unos y a otros con varas muy distintas. ¿Qué le depara el destino a este trío inmerso en el Madrid convulso de esos años?
En las tertulias de los cafés hay siempre dos categorías de individuos: una es la de los que ponen la broza en la conversación, llevando noticias absurdas o diciendo bromas groseras sobre personas y cosas; otra es la de los que dan la última palabra sobre lo que se debate, soltando un juicio doctoral y reduciendo a su verdadero valor las bromas y los dicharachos. Donde quiera que hay hombres, hay autoridad, y estas autoridades de café, definiendo a veces, a veces profetizando y siempre influyendo, por la sensatez aparente de sus juicios, sobre la vulgar multitud, constituyen una especie de opinión que suele traslucirse a la prensa, allí donde no existe otra de mejor ley.
Esta novela admite distintos niveles de lectura. Al ser una obra tan vasta, ofrece múltiples ramas en las que detenerse para analizar y sacar jugo, ya sea desde una visión amplia atenta a todo lo que ofrece, o desde una más intima, centrada en los personajes y sus relaciones. En mi opinión, es ante todo un retrato de esa España del último tercio del siglo XIX, con especial atención a la clase media y a los estratos más bajos, aunque asoman figuras de la aristocracia, también del ejército y de la Iglesia. Se perciben con claridad las pretensiones de una burguesía en ascenso, así como la transformación de Madrid en ámbitos muy diversos. Para mí, lo más relevante es el acercamiento tan rico a ese mundo madrileño de la época. Vemos lo que se cocía en los distintos niveles sociales y paseamos por sus barrios —las zonas pudientes y las que apenas se sostienen—, sus cafés y tertulias, sus plazas, el mercado y el comercio, sus iglesias y conventos, y la gente que respiraba y hacía su vida en cada uno de estos espacios. Se despliegan ante nosotros el lenguaje, la religión, las formas de vivir de unos frente a las de otros, el poder de la educación y la riqueza, los privilegios heredados y cómo estos determinan destinos y oportunidades.
¡Qué desvarío! Por grande que sea un absurdo, siempre tiene cabida en el inconmensurable hueco de la mente humana.
Lo complejo de nuestro mundo interior también lo expone Galdós con maestría. No solo muestra lo que se mueve en nosotros como sociedad, sino que desnuda el interior de sus personajes con monólogos que no pasan desapercibidos (a mí me han fascinado). Nuestras luces y sombras se dejan ver. Vemos egos heridos, frialdad y falta de empatía, envidias, celos y deseos que chocan con la moral, resentimientos e impulsos que buscan imponerse. Pero también bondad, generosidad, búsqueda de dignidad y de decencia, el esfuerzo por contener esas sombras que pueden llegar a someternos. En muchos personajes late esa lucha entre lo que se desea, lo que se teme y lo que la moral permite.
¡Si se convenciera de que el amor que tiene a su marido es como echar rosas a un burro para que se las coma, si se convenciera de esto...! Pero vaya usted a esperar que se convenza. No puede ser. Quiere locamente a ese mico, y se morirá queriéndole. A mí se me figura que le desprecia y le ama: hay estos dualismos en el corazón humano.
El amor queda expuesto en todo su espectro emocional: amores correspondidos y no correspondidos, amores pasionales donde el deseo gobierna, amores profundos que perdonan y se sacrifican —como el de Fortunata—, y otros más ambiguos, sostenidos en el capricho, el interés o en un cariño contradictorio, como ocurre en Juanito. Galdós muestra también cómo el amor puede nublar la mente y empujarnos a repetir una y otra vez los mismos errores. Ese sentimiento que confunde, que hace perdonar lo imperdonable, que arrastra sin remedio, aparece aquí con toda su fuerza: como deseo, como obsesión, como necesidad, como ilusión que se renueva incluso cuando la realidad demuestra lo contrario. En ese ir y venir, en esas caídas y recaídas, se revela otra de las grandes verdades de la novela: lo difícil que es escapar de aquello que se desea, aunque destruya, aunque se intuya la caída futura; eso que incluso puede llevar a la locura y a la enajenación mental. Y si no, que se lo digan a Maximiliano Rubín, figura que no he mencionado antes pero que, si lees la novela, no olvidarás: tan tremendamente cuerdo y tan tristemente enajenado al mismo tiempo, obligado a arrastrarse por un amor que no le pertenece y que lo desborda por completo.
Todo se perdona, hija, todo, todo —dijo el enfermo con indulgencia empapada en escepticismo—. Por muy grande que nos figuremos la masa de olvido derramado en la sociedad como elemento reparador, esa masa supera todavía a todos nuestros cálculos. El bien y la gratitud son limitados; siempre los encontramos cortos. El olvido es infinito. De él se deriva el vuelve a empezar, sin el cual el mundo se acabaría.
En fin, una novelaza que se lee de maravilla —¡no tengas miedo a su extensión!— y de la que pueden extraerse multitud de líneas de reflexión. Con un contexto y una ambientación histórica descritos con una precisión admirable, Fortunata y Jacinta es un auténtico paseo por el Madrid de la época, de la mano de unos personajes que se quedarán contigo mucho tiempo.
Y era tal su confianza en la seguridad de aquel refugio que, al perderlo, experimentó por vez primera esa sensación tristísima de las irreparables pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante.
*Sobre esta nueva edición de Alba Editorial (Colección Maior): Una edición de lujo a la altura de este clasicazo. ¡Me ha parecido una maravilla! Tengo debilidad por esta editorial: es garantía de calidad. Es cierto que, al reunir en un solo tomo una obra tan extensa, puede considerarse todo un “mamotreto”, pero aun así resulta muy cómoda de leer. La edición está cuidada en todos sus aspectos, y destaco especialmente las notas aclaratorias a pie de página, que siempre agradezco. También es muy interesante la Nota introductoria de Ignacio Echevarría que incluye.





Hola María, esta la leí hará unos treinta años. Recuerdo que me cabreaba mucho que Fortunata y Jacinta siguieran enganchadas a un Juanito que no merecía a ninguna de las dos, pero no recuerdo mucho más. Puede que dentro de unos años la relea, aunque quizá me gustaría ponerme con alguna de Galdós que no haya leído, antes.
ResponderEliminarUn besazo