LADY LUDLOW

Título:
 Lady Ludlow
Autora: Elizabeth Gaskell
Traducción: Jesús Cuéllar
Idioma original: Inglés
Editorial: Alba Editorial
Año publicación/edición: 1859/2026
Páginas: 280


Sinopsis oficial:
En los primeros años del siglo XIX, Margaret Dawson, de diecisiete años, hija de un clérigo pobre que acaba de fallecer, es enviada a casa de lady Ludlow, una pariente lejana que mantiene una comitiva de jóvenes señoritas de compañía. Lady Ludlow, viuda de un conde, es una anciana elegante, antigua dama de honor de la reina Carlota, que vive aferrada a los más antiguos principios: detesta las novedades, todo lo que sea «nivelador y revolucionario», y está en contra de que «los órdenes inferiores» puedan acceder a la educación. Entre sus recuerdos destaca la historia de los trágicos amores de unos jóvenes aristócratas en el París de la Revolución francesa; y a su alrededor pulula una galería de personajes que de una forma u otra ponen en cuestión su autoridad: el señor Horner, el administrador de sus tierras, que vela desesperadamente por su maltrecha economía; el señor Gray, el joven y tímido párroco que quiere crear una escuela infantil; o la señoria Galindo, una dama venida a menos, parlanchina y metomentodo, con una frustrada peripecia romántica a sus espaldas que tendrá inesperadas consecuencias. El Lady Ludlow (1859), Elizabeth Gaskell reconstruye un mundo arcaico que habrá de acostumbrarse, tal vez de mala gana pero sin remedio, a los cambios que impone el progreso. Muy cercana a la atmósfera de Cranford, la novela es un genuino y humorístico retrato de una pequeña comunidad rural en su dimensión tanto íntima como histórica. 

Opinión: 
Leer a Gaskell siempre siempre es un placer para mí. Si pinchas aquí encontrarás los títulos suyos que he leído y mis impresiones. Me cuesta mucho ordenarlos por preferencia. Diría que, en general, disfruto más de sus novelas largas, pero igualmente me gustan las breves: ahí está «Cranford», que es el primero que me viene a la cabeza cuando me preguntan: «¿Por dónde empiezo con Gaskell?». En esta ocasión le ha tocado el turno a «Lady Ludlow», en esta preciosísima edición de Alba Clásica, y ha sido placentero regresar a su pluma y a ese universo de pequeñas comunidades rurales que tan bien retrata. La autora refleja muy bien las costumbres, las dinámicas sociales de la época y los pequeños —o no tan pequeños— conflictos que podían surgir. En este título, el eje de todo es la tensión entre lo antiguo y lo nuevo: el tener que asumir que los tiempos cambian, y que aquello que antes se valoraba de una forma, ahora puede verse de manera diferente. 

En esta pequeña novela nuestra narradora es Margaret Dawson, una anciana que nos lleva al pasado para hablarnos de su vida junto a Lady Ludlow, con la que vivió una serie de años cuando era jovencita. Lady Ludlow compartía con su madre un ascendiente común, y ante una carta en la que la madre de Margaret le pidió ayuda por la situación precaria en la que se encontraba debido al fallecimiento de su marido, decidió acoger a una de sus hijas y costear su sustento. Así fue como Margaret se fue a vivir con ella, y ahora rememora su estancia en Hanbury Court durante esos años en los que dejó de ser una niña para convertirse en mujer. En su relato van entrando las personas que conoció allí y con las que convivió. Entre todos destacan tres figuras: la propia Lady Ludlow, con un halo magnético de autoridad que procede de un mundo que ya se siente antiguo; el joven párroco señor Gray, empeñado por mejorar la situación de sus parroquianos ofreciéndoles educación con la construcción de una casa-escuela; y la algo entrometida y excéntrica señorita Galindo, una dama venida a menos y antigua amiga de Lady Ludlow. 

Era muy baja de estatura, pero estaba muy erguida. Llevaba un gran tocado de encaje, que yo diría que casi le llegaba a la mitad del cuerpo y le rodeaba la cabeza (los que se atan a la barbilla, que llamábamos cofias, vinieron después, y mi señora los despreciaba profundamente, diciendo que era como si la gente saliera de su habitación con el gorro de dormir). [...] 

Pero la figura central de esta historia es Lady Ludlow: viuda de un conde, una señora elegante que fue dama de honor de la reina Carlota, instalada en ese lado de la orilla donde su estatus y su alta cuna la llevan a contemplar con frustración el desmoronamiento de su mundo conocido. Intenta poner todo de su parte para mantener los valores y principios que considera indispensables para sostener el equilibrio correcto, el equilibrio de ese mundo propio al que está acostumbrada. Pero la presión externa —donde también entran en juego las emociones y las buenas acciones— empieza a alcanzarla cada vez más. ¿Podrá seguir imponiendo sus ideales frente a todo ello?

Su pelo era blanco como la nieve, pero iba tan cubierto por el tocado que apenas se le veía; la piel, a pesar de su edad, era de una textura y un tono cerúleos; los ojos, grandes y de un azul oscuro, en su juventud debían de haber sido lo más hermoso de su rostro, porque, hasta donde puedo recordar, nada destacaba en su boca o nariz. Junto a su silla tenía un largo bastón con empuñadura de oro, pero creo que era más un símbolo de su condición y dignidad que algo que utilizara, porque, cuando así lo deseaba, si paso era tan ligero y presuroso como el de una quinceañera, y durante su meditativo paseo solitario de la mañana se desplaza tan rápido como cualquier de nosotras por los senderos del jardín. 

Como decía al principio, en esta novela se reflexiona sobre cómo los tiempos cambiantes y el progreso social estaban llevando el mundo hacia lugares que lejos quedan del que conoce Lady Ludlow. Ella tendrá que ajustar sus miras antiguas a las nuevas, y hacerlo en la medida que pueda —y no sin esfuerzo—. Todo gira en torno a la pertinencia de educar a las clases bajas, algo a lo que Lady Ludlow se opone con firmeza. No concibe la educación para la clase trabajadora: la ve como algo peligroso y se justifica en la idea de que cada uno debe respetar el papel con el que llega al mundo para mantener así un equilibrio. También muestra rigidez en cuestiones de decoro, de religión y de convenciones sociales. Todos esos principios tan arraigados se ven sometidos a presiones externas que la obligan a revisar sus ideas, y tendrá que asumir una flexibilidad impensable para ella. Y algo que me parece muy realista es que esa flexibilidad no implica un cambio total de opinión, sino más bien un ajuste un tanto resignado, una apertura de miras que surge de manera natural. Es una novela curiosa: se siente muy actual pese al salto de tiempo y de época, porque el progreso y los cambios generacionales suelen sacudir de forma parecida. ¿O acaso nosotros, cuando vamos sumando años, no decimos cosas como: «antes nos comportábamos mejor», «antes se valoraba esto o lo otro, ahora no»? Esa nostalgia por un pasado que se va quedando atrás ante lo nuevo —y que cualquiera con cierta edad experimenta— es precisamente lo que veo, en parte, representado en Lady Ludlow (e incluso en la propia Margaret, cuando al inicio, ya anciana, nos habla de los viejos tiempos).

Creo, o más bien la experiencia de una vida bastante larga me ha convencido de tal cosa, que la educación es perjudicial cuando se imparte indiscriminadamente. Incapacita a los órdenes inferiores para desempeñar sus deberes, aquellos que Dios les ha encomendado, y que consisten en someterse a quienes tienen autoridad, en contentarse con la vida que Dios ha querido para ellos y en disponerse con humildad y reverencia ante quienes son mejores que ellos. 

Me ha gustado Lady Ludlow y he entendido su mirada —aunque pueda sentirse fría e injusta por momentos—. Representa a una mujer madura anclada en su mundo aristocrático pasado, aquel que considera seguro y estable; que debe ajustar un poco sus miras a pesar de lo que esto supone para su entendimiento de lo social y de sus propios principios. Una mujer buena y generosa en su fondo, que finalmente también gana al lector... Me quedo con ella en la memoria, y con algún otro personaje más que habita estas páginas (la señorita Galindo se hace querer también, y el afán y el trabajo del señor Gray no pasan desapercibidos).

Pues ahí estaba mi querida Lady Ludlow, ¡que Dios la bendiga! Sacó su impoluto pañuelo blanco de Cambray y se lo colocó suavemente en el regazo de terciopelo, para que lo viera todo el mundo, como si lo hiciera todos los días, igual que la señora Brooke, la mujer del panadero; y cuando una se levantó para sacudir las migas en la chimenea, la otra hizo exactamente lo mismo. Pero ¡con qué gracia! Y ¡cómo nos miraba a todos!

No obstante, no quiero dejar de mencionar que, si he de elegir entre las historias de Gaskell que he leído, no me quedaría con esta. «Cranford», por mencionar otra de sus novelas cortas, me parece muchísimo más redonda tanto en personajes, trama y mensaje. Creo que esto se debe a que esta novela me ha resultado algo irregular, y creo saber el porqué. No he mencionado antes que, más o menos en su parte media, nos lleva al mundo de la Revolución francesa y a la caída de los aristócratas, con guillotinas que no paraban de cortar cuellos. Esto puedo relacionarlo con los ideales que intentaba defender la propia Lady Ludlow: lo peligroso de dar información a las clases bajas y el caos que, según ella, puede derivarse de ello. Sin embargo, se me hizo demasiado desarrollado, como si entráramos en una subhistoria dentro de la historia, con personajes a los que llegas a tomar cierto cariño para luego soltarlos sin más. No veo que tenga cabida un desarrollo tan amplio de ese tema y de esos personajes. Pero tampoco quiero decir con esto que «Lady Ludlow» no haya sido buena lectura; al contrario, se lee muy bien y deja ese mensaje del necesario ajuste de la mirada tradicional para adaptarse al progreso humano del momento. Simplemente, este desvío me sacó un poco del centro de la novela.

Sin más, te animo a que le des una oportunidad a esta gran escritora victoriana que tantos buenos momentos me ha dado. Tanto sus obras grandes como las más pequeñas merecen ser leídas y, en mi caso, se han convertido en ese rinconcito de libros al que recurro cuando quiero mi propia literatura de confort.

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